El miedo a todo, un síntoma contemporaneo

Pensemos por un momento, para decirlo de una manera descriptiva, que hay dos mundos. El que vemos, olemos, oímos, sentimos, ese que llamamos el supuesto mundo real, ese de ahí afuera. Luego está el de adentro, el mundo interior de cada uno que es el responsable de cómo interpretemos, vivamos, vivenciemos el mundo exterior.

El miedo se origina en los dos lugares, pero el único que lo puede regular es el mundo interior.

Una definición de miedo a nivel de diccionario:

“Es una perturbación angustiosa del estado de ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. Recelo o aprensión que uno tiene a que le suceda una cosa contraria a lo que desea.”

Veamos entonces el supuesto mundo real como generador de miedos en absoluto ascenso.

Si pensáramos en la antigüedad, podríamos decir que el desamparo del ser humano era casi absoluto, las pestes arrasaban
con todo, una gripe mataba poblaciones enteras, llegar a los 50 años era una aventura que unos pocos podían contar. Poder comer era la preocupación cotidiana para la mayoría (hablemos de Europa para no complicar las cosa, porque si habláramos de África, la situación es igual que entonces). Sobrevivir era el objetivo.

Es, o era de esperar que en la época moderna pudiera ser posible hacer desaparecer los miedos que dominaron la vida social del pasado. Pensar y creer que con los elementos, conocimientos e instrumentos de todo tipo con los que contamos ahora, podríamos controlar nuestras vidas, las descontroladas fuerzas de la naturaleza y la maldad del ser humano, solo o agrupado.

Sin embargo no es así. Hoy más que nunca tenemos miedo a todo. Miedo a todo lo que no podemos controlar, miedo a lo
desconocido, miedo a lo diferente, miedo a todo lo que pueda amenazar o que podamos vivir como un peligro a nuestra forma de vida, a lo conseguido, a lo que tenemos, a lo que podamos tener, o a lo que puedan tener nuestros hijos, nuestros nietos o nuestros biznietos.

Quién no sueña, sobre todo los que tienen hijos adolescentes, con que tengan lo más rápidamente posible, resuelta, para siempre, pero para siempre, la vida afectiva y económica, decir cultural ya sería un lujo, entonces, ya nos podríamos morir tranquilos.

Hay un sociólogo polaco, Bauman, que utiliza una metáfora, que hoy haré mía porque es esclarecedora.

“El síndrome Titanic”:

Estaría constituido por el miedo, o los miedos a que una catástrofe se precipite sobre nosotros y nos atropelle indiscriminadamente, que nos golpee sin ton ni son, y nos encuentre desprevenidos y sin defensas.

Si recuerdan la película o la historia, da igual, verán que el verdadero protagonista, la estrella, no es Leonardo Di Caprio, es el iceberg que aguarda oculto y se precipita sobre nosotros sin que lo esperemos, y lo que esto desencadena, no sólo la muerte, sino el dolor, la desesperación, la impotencia, el odio, y la prueba de cómo, en situaciones extremas las miserias del ser humano aparecen sin represión.

Hay miedos que compartimos y están ahí afuera: el iceberg del terrorismo, venga de donde venga, el iceberg de la desocupación, de la crisis, el del paro y el empobrecimiento, el de la inmigración…etc.

Luego, cada uno a su manera tiene sus iceberg internos: el de la soledad, el de la exclusión, el del ridículo, el de la falta de amor, el que a los hijos les pase algo, el perder un ser querido, siempre colocado en nosotros con relación a los otros.

El mundo que nos ha tocado está en constante cambio. Vivimos la época de lo transitorio, nada es definitivo, ni las relaciones afectivas, ni el trabajo, ni el interés de las hipotecas, ni la inflación, ni la vida, ni el nivel de consumo y confort.

Sin intentar ser dramático, porque creo que lo que nos puede hacer vivir más o menos bien es, casualmente, desdramatizar lo que quieren que vivamos dramáticamente, tenemos que tener en cuenta, y vivir con ello, es que a los seres humanos nos
está negada la seguridad definitiva, por eso todo puede ser transitorio o no.

Pero seguridad absoluta es lo que pedimos.

El miedo a que podamos perder algo, confort, identidad, forma de vida, hace que vivamos como amenazante todo lo que sea
desconocido que adquiere forma, por ejemplo, en la inmigración, generando la xenofobia, donde al supuesto enemigo, al iceberg, al supuesto peligro, le podemos poner un nombre.

El miedo viene del norte. Del gran norte por el impacto que tiene sus oscilaciones en la economía, del pequeño norte, sur y este, porque nos traen sus miserias, sus extrañas formas de vida y sus deseos de ser como nosotros.

El miedo tiene nombre, podemos identificarlo, para decirlo sin florituras poéticas, en los moros, los negros, los sudacas, los rumanos, los kosovares, los albano-kosovares…etc. La amenaza terrorista o la reconquista de España por el Islam.

Si puedo ponerle un nombre, si puedo colocarlo en algún lugar, la angustia se reduce, no desaparece, pero disminuye. Está ahí, y eso es con lo que tengo que tener cuidado, eso es lo que tengo que evitar.

Por otro lado, conscientes de este miedo, los políticos juegan con ello. Si no votamos a este, habrá guerra civil, si no votamos al otro, volverá el fascismo y la COPE será la única emisora que escucharemos… y….

El miedo está en todos lados y todos, depende donde nos encontremos, somos diferentes y una supuesta amenaza para el
otro.

En un partido de futbol entre dos equipos importantes, un amigo, por razones familiares tuvo que verlo, no se lo quería perder, en un bar de la ciudad de uno de ellos donde lo pasaban para el público en general porque era en ppv. Contaba, que el ambiente no era hostil, porque todos eran del mismo equipo, estaba con su mujer y su hijo de 15 años, pero este último no aguantó la tensión y se marchó. La mujer no presentía ningún peligro aunque no hablaba, y él, permanecía todo el tiempo con esa sonrisa estúpida que se suele poner cuando se tiene miedo, no se sabe qué hacer o decir. Cuando el árbitro pitaba una falta, aparte de gritarle hijo de su madre, le gritaban la nacionalidad del equipo visitante, lo que
funcionaba como un insulto. Y por primera vez en su vida, pensó que el problema sería si su equipo metía un gol, porque tendría que correr unos 500 metros para poder gritarlo o seguir hasta el final con la sonrisa.

Aquí tenemos a 3 personas, una familia, en tres posiciones diferentes ante un mismo hecho.

La mujer que parece tranquila, pero no lo está.

El hijo que se va porque no soporta la tensión.

Y él, congelado, intentando que no se le note de qué equipo es.

Ser de la nacionalidad de su equipo, para algunos, es también una amenaza que produce miedo y le pueden poner un nombre
y ante ese miedo otros sacan rédito político, el miedo siempre se aprovecha en beneficio de alguien, nunca es gratuito, y este es un momento ideal.

Ante los miedos pedimos seguridad, una seguridad definitiva que nunca llega, y logramos un estado cada vez más autoritario y más policial.

No puede ser que existan los muertos que se producen en las carreteras. Totalmente de acuerdo. Se establece el carnet por puntos. El, entre otras cosas, control de velocidad en autopistas, autovías y carreteras. Entonces salimos de Barcelona a 80, para no contaminar, pasamos a 120, (ahora a 110 para ahorrar combustible) pero cuidado, no te pases por que te pueden multar, e inmediatamente a 100, luego a 120, y uno va más pendiente del velocímetro que de la conducción. Escuchaba por radio que hace unas semanas atrás hubo el doble más de muertos que el año pasado por estas fechas. Luego no tomes una copa de vino porque darás positivo y te quitarán el carnet, y pasarás a la historia como borracho conocido y no como un alcohólico anónimo, no comas butifarras amb seques porque darás positivo en el control de colesterol. Controlan con radares varios, guardias, cámaras, helicópteros, etc. si me paso de 50, 70, 9º, 100 o 110, y por la calle me atracan y me roban la cartera y el reloj.

Yo no digo que esté mal, tiene que haber ley, no obsesión recaudatoria, ni exceso de autoridad, pero lo que quiero, es poner el énfasis en que esto incrementa el miedo y la paranoia por todos lados.

Ya no sólo tenemos miedo por lo que nos pueda pasar, sino por lo que nos harán si nos pasa algo.

Y por último, desde el mundo exterior, el miedo más grande de todos y frente al cual lo único que podemos hacer es vivir, es a la muerte.

Si bien vivimos en un mundo de inseguridades, de lo único que podemos estar seguros es de que en algún momento, no vamos a morir.

Y aunque parezca siniestro, la muerte es la encarnación de lo desconocido y entre todos los demás desconocidos, es lo único que es plena y realmente incognoscible. Por lo tanto si perdemos la vida teniendo miedo, la muerte aparecerá y no nos habremos enterado de nuestro pasó por aquí.

El miedo y su relación con lo que somos.

El miedo forma parte de la constitución humana. Podríamos decir que es como el colesterol, hay uno bueno y uno malo.

El miedo está desde los inicio de la vida, desde la pérdida del paraíso en el útero materno, la pérdida de contacto con el pecho materno en el destete, el miedo que produce al niño la aparición de un extraño y que es vivido como un peligro proveniente del exterior, lo que empieza a construir las primeras aproximaciones al “no soy yo el que es frágil, sino que es el otro el que me amenaza”, si esto continúa en la edad adulta, tenemos todo lo dicho anteriormente. El niño reacciona con un grito que expresa el miedo al otro. Esta posición de inmadurez y fragilidad es inherente al ser humano y no depende de las condiciones ambientales en las que se desarrolle.

La incapacidad para elaborar el miedo y el odio que éste en consecuencia produce, hace que se lo proyecte fuera, entonces lo odiado y el mundo exterior coincidirán con lo que nos produce displacer y surge un ordenamiento de la realidad muy particular: lo malo está afuera, el desorden, la confusión y el desasosiego que experimento, viene de los otros. El grito de miedo en el niño, si no puede elaborar sus pulsiones, en el adulto se transformará en un puñetazo al otro.

¿Por qué un miedo bueno?

En tanto nos vamos constituyendo como personas, comenzado por ser, siendo niños, proyectos de personitas, tenemos que
poder encajar que nuestra vida está poblada de pérdidas, y para esto es fundamental para nuestra salud mental la posición que ocupen nuestros padres. Un padre que pueda implantar la ley, no el autoritarismo, no el despotismo, no la tiranía, y una madre que respete la palabra del padre, que acepte que los hijo nacen y crecen para separarse de sus padres, que lo permita, que no lo quiera para sí, toda la vida. Si esto funciona la personita podrá estar sola y a partir de allí relacionarse con cierto miedo, pero no con pánico. El miedo bueno le ayudará a ser cauteloso, no paranoico, le servirá para anticipar situaciones, para manejar lo adverso, a prevenir, a anticipar, a pensar.

En cambio que el miedo malo, patológico, paraliza, proyectado en los peligros del mundo real, reactiva la pérdida de las seguridades paternas infantiles, nos vuelve impotente y puede devenir en violencia. Cuando un miedo nos paraliza y nos hace transpirar de angustia, es como si volviéramos a revivir estados infantiles de indefensión, donde nos quedamos solos sin la protección paterna o materna.

Por eso mi trabajo consiste, entre otras cosas, en tratar de reestructurar el mundo interior, ayudar a construir un saber sobre nosotros mismos, de lo que fuimos, porque de eso depende lo que somos, ayudar a reconocer y responsabilizarnos de nuestros propios miedos, para poder vivir de una manera diferente los horrores del mundo real y dejar de sentirnos victimas permanentes.

Algunas veces lo logro, otras no.

Carlos H. Jorge