¿Pueden los padres comprender a los hijos en la adolescencia?

La adolescencia es como una estructura que se mueve, un territorio que se camina entre la infancia y la edad adulta.

Se suele pensar con cierta frecuencia que el adolescente es un niño y un adulto, no es así.

No es un niño, lo que lo lleva a sufrir por esta pérdida y por los supuestos privilegios que esto conlleva y no es un adulto, cosa que quiere aparentar que es y a la vez le produce un miedo atroz. Es un adolescente, está en el medio. Deja algo, la niñez, y se dirige hacia lo desconocido, ser un adulto. Este doble movimiento, pérdida de la infancia por un lado, y la búsqueda de un estado adulto estable por otro, conformarán el corazón, el ojo del huracán de lo que solemos llamar: la crisis de la adolescencia.

Esta crisis es necesaria, aunque sea insoportable para algunos padres, otros, más advertidos lo sobrellevan con dignidad. Decía, crisis necesaria porque ayudará a madurar y su ausencia puede ser patológica, necesaria porque estará ligada a una nueva cultura, a nuevas prácticas sociales, a una modificación de las funciones parentales, entre tantas otras cosas.

En la adolescencia todo cambia para el joven, desde su cuerpo, hasta las referencias en las que se apoyaba en ese momento. Las modificaciones fisiológicas, corporales y sexuales que sufren uno y otro sexo producen un profundo impacto.

El adolescente es como un ciego que lo trasladan de un piso a otro lleno de cerámicas y objetos de cristal, le avisan de lo que hay, pero no los ve. Es como un no vidente que se mueve en un espacio que ha cambiado, que le resulta desconocido y al que tiene que enfrentarse y no sabe cómo. En estas circunstancias se acentúan: el interés exagerado hacia sí mismos y un cierto desinterés frente al mundo exterior lo que les suele valer el reproche o la acusación de egoístas. También aparece la visión de una imagen de sí mismos, grandiosa y omnipotente lo que sería la megalomanía que los caracteriza. Estos dos elementos, el egoísmo y la megalomanía, son necesarios para la formación del narcisismo adulto y deben tener una duración limitada en el tiempo.

En estas circunstancias aparece un marcado deseo de originalidad, un horror hacia la banalidad, una lectura del ser hortera muy particular, y una tendencia a hacer de sí mismos algo excepcional y único.

Las nuevas sensaciones y experiencias que le van permitiendo la apropiación de ese nuevo cuerpo, el cuerpo adolescente, hacen que le demuestren a los padres, y creo que especialmente a la madre, que este nuevo cuerpo ya no es de su propiedad, que le pertenece a él o a ella. Por eso la forma de vestir, los tatuajes, los pearcings, expresan él: este cuerpo es mío y hago con él lo que quiero.

Esta originalidad presenta una cara individual que se caracteriza por una afirmación de sí mismos, por un gustos a la soledad, al secreto, a la vestimenta excéntrica, a los comportamientos, a la forma de hablar y de escribir también singular: mensajes de los móviles, el chat por internet y la permanente creación de palabras que sustituyen a las que los adultos aburridamente utilizamos una y otra vez. La que más me ha gustado y creo que es muy reciente es la que le escuche a un paciente adolescente. “no me gratines” por, me imagino, no me rayes, no me jodas, no me fastidies.

La cara social está particularizada por la rebelión en contra de los valores e ideas recibidas por los adultos. Las quejas principales son: la falta de comprensión y que se atente contra su independencia, es decir, todo lo que sea vivido como peligroso en la afirmación de sí mismo.

En este proceso no todas son rosas y lo mencionado muchas veces actúa al revés. No se soporta el cambio, no se acepta el “juventud divino tesoro” ni los tatuajes, ni los pirsin, ni la ropa de Mango, y un intenso sufrimiento inconsciente los conducen a conductas autodestructivas como los intentos de suicidio, la anorexia, la bulimia, los deportes de mucho riesgo, las toxicomanías etc.

Pero hoy toca las relaciones con los padres.

Unas de las particularidades del adolescente es que reclama con dureza su autonomía e individualidad pero a la vez, es profundamente dependiente de la estructura familiar, está internamente aferrado a la personalidad de los padres y esto suele ser uno de los factores determinantes en la llamada “crisis de la adolescencia”.

Cuando un adolescente hace síntomas en el grupo familiar, este toque de atención puede estar relacionado con las amenazas reales o fantaseadas que puedan aparecer, o que él pueda percibir como peligro de ruptura familiar.
Lo digamos como lo digamos, lo miremos como lo miremos, la adolescencia es una época de ruptura, de des idealización y por lo tanto de relaciones conflictivas con los padres, que variará en el contexto de cada familia, y de las relaciones que estas establezcan con los hijos.

¿Pueden los padres comprender a los hijos adolescentes?

Para comprender al hijo adolescente es necesario, imprescindible, que los padres se dejen desidealizar (esto es muy duro) y este es un momento de angustia para ambos, padres e hijos, por esto algunos adolescentes en la consulta suelen decir que antes todo era más fácil, cuando crían que su padre era el mejor, o que era superman.

Y los padres: “no sé que le ha pasado, hasta los 14 o 15 años era un angelito, y ahora todo es diferente. Antes era un poco gamberro, pero ahora ni nos habla”. Tanto en masculino o femenino.

El hijo adolescente pone a prueba muchos aspectos de los padres, su sexualidad, su relación de pareja, su narcisismo y sus propios duelos, es decir el paso del tiempo.

Si ellos crecen es porque nosotros envejecemos, y si envejecemos nos aproximamos a la muerte, no hay otra fórmula que podamos negociar.

Tanto los adolescentes llamados “problemáticos” como los llamados “normales” muestran insatisfacción respecto de los padres, los encuentran demasiado severos, o demasiado poco severos, demasiado inaccesibles o agobiantes. Tienen durante largo tiempo un comportamiento incoherente e incomprensible para un adulto. Ama a sus padres o los odia, se revela pero depende de ellos. Se avergüenzan de la madre o del padre, o de los dos a la vez, delante de los compañeros, pero a la vez desean hablarles con franqueza y tenerlos como amigos. Esto suele producir un sentimiento de impotencia en los padres que no saben para donde tirar y algunas veces consultan porque no saben qué hacer.

Sea como sea la satisfacción respecto de los padres suele ser bastante pobre en esta etapa, pero forma parte del desarrollo psicoafectivo del joven. Ahora, más allá de la preocupación que un adolescente pueda producir en los padres, lo importante es que puede producir una crisis parental, por todo lo que este cambio reactiva en la pareja.

Los padres se enfrentan bruscamente a un cambio en la relación de niño padres a una relación de adulto, con un adulto que no lo es.

Se encuentran de pronto que han perdido un lugar de privilegio con su hijo adolescente, que ya no son un modelo a seguir, sino todo lo contrario. Que los deseos e ideales proyectados en el hijo o hija no son compartidos ni aceptados, por ejem. A nivel escolar o profesional.

Se encuentran de pronto que tienen que renunciar, al menos en parte, al proyecto de futuro que tenían para su hijo y no es simple ni fácil elaborar la pérdida que esto produce, y tolerar que busque fuera, sus placeres, sus confidentes, sus consejos e ideales y menos todavía que lo que dicen los otros, los colegas, tenga más importancia que lo que dicen los padres.

Si aparecen dificultades para poder elaborar esta pérdida, y aparecen, puede manifestarse, por parte de los padres, críticas, temores o agresividad hacia las elecciones que haga el hijo, ya sea de compañeros o compañeras, de novios o novias, de grupos, de ideología política o de equipo de futbol.

La adolescencia no es un enfermedad, lo que no quiere decir que adolescente no enferme psíquicamente, es un etapa entre las fantasías de la niñez y las realizaciones del adulto, etapa durante la cual, el adolescente descubre lo que hubo de fracaso en la generación que le precedió. Miren el mundo que le hemos dejado y lo que les espera en los años que vendrán.

Y hablando del mundo, los adolescentes cuestionan y denuncian, desde una intransigencia moral que los lleva a rechazar todo compromiso, lo que consideran la falsedad del mundo de los adultos. Esto se transforma en un desafío, fundamentalmente para los padres, quienes se encuentran de continuo recusados en su autoridad y en sus valores morales y también los enfrenta a los recuerdos de su propia adolescencia, de la que suele haber una amnesia generalizada.

Algunos padres tendrán dificultades para soportar el volver a revivir ciertas fuerzas pulsionales, sexuales o agresivas, que el adolescente activa y que ellos, los padres, han rechazado, controlado, sublimado o desplazado. Este rechazo puede provocar en algunos padres una crispación que hará que el conflicto con el hijo se acentúe y en algunos casos adquiera formas dramáticas como solemos ver en nuestra práctica clínica.

Si los padres no soportan lo que se cuestiona o activa, opondrán su autoridad a la violencia del adolescente, y la respuesta de este será la no-comprensión y una violencia redoblada.

De cualquier manera, no nos olvidemos que el adolescente, antes de llegar a serlo, fue niño y púber, es decir que tuvo una historia y es esta la que también determinará algunos rasgos de esa adolescencia.

Los padres no solo hacen mimos y dan amor, sino también ponen límites. La puesta de límites ayuda al niño a rearmarse, a no perderse en la nada y en el adolescente el no a todo lo que desea, le crea frustraciones, de las buenas, como en los miedos y el colesterol, también rivalidad y competencia con los padres y hace que aparezcan los conflictos, conflictos necesarios para la maduración y el crecimiento.

Aparte de: “si, no, te quiero, te mimo, pero hoy no sales”, los padres tienen que poder escuchar con respeto, porque cuando cuentan algo, lo que no es fácil, si es problemático, en ese momento es lo más importante de su vida.
Poder escucharlos, no quiere decir que debamos perder nuestros propios puntos de referencia, o que el dejar hacer, se transforme en la única solución. Lo que sí creo es que esta etapa, toda intervención intempestiva, todo el “las cosas son como yo las digo” o “que sabrás tú” o “soy tu padre y sé lo que es la vida” o chorradas por el estilo, sólo producirán una profunda sordera por parte del hijo y un alejamiento de lo que se espera de él.

No hay padres ideales de hijos ideales.

Freud le decía a una madre que le pedía consejos: “Haga lo que quiera, de todas maneras estará mal”.

Como dije antes, la adolescencia no es una enfermedad ni tampoco una época tan esplendorosa como algunos creen, muchas veces hay sufrimientos inconscientes que se expresan en un “no sé lo que me pasa” acompañado de tristeza, de melancolía, afectos intensos pero vacios de de pensamiento, y mi trabajo, el trabajo terapéutico, es ayudar a vincular los afectos, las emociones, y los sentimientos a representaciones mentales, a pensamientos entre otras cosas.
Hay una estrecha semejanza entre el adolescente, lo que son los padres y sobre todo lo que estos han sido en su adolescencia, lo que han soñado ser, o lo que han reprimido de sus deseos.

Podemos encontrar detrás de una conducta suicida de un adolescente las huellas de una depresión antigua de la madre, o detrás de algunas toxicomanías una relación problemática de los padres con los medicamentos, sobre todo en estos momentos, donde la ingesta de psicofármacos ha pasado a ser tan natural como tomar gelocatil, o en la delincuencia del hijo, una relación ambigua del padre con la ley. Pero ojo, también nos encontramos que de padres terriblemente moralistas, salen hijos dedicados a la droga, al sexo y al rock and roll.

Para terminar, hay dos crisis:

  • La del adolescente, que tiene que elaborar el duelo de la infancia que pierde, y
  • la de los padres, que tienen que elaborar el duelo del niño que pierden, y tolerar que ese hijo que han traído al mundo, ese angelito del señor, los cuestione, los desvalorice, sea diferente de ellos, o no sea lo que esperaban que fuera.

Cuando hablamos de educar a los hijos, hay que tener en cuenta que la educación es un camino hacia la separación. Educar, es conducir fuera de.

Ser padres es no hacer de los hijos una parte de uno, sino considerarlos como futuros adultos.

La dificultad está en ese futuro, porque el adolescente también tiene necesidad de ser protegido, de ser contenido. Entonces, encontrar el equilibrio entre ese contener y ese separarse, es el difícil trabajo psíquico de los padres.
El adolescente difícilmente podrá salir de su crisis si no hay puntos de encuentro con el camino que deben recorrer los padres.

Trabajo presentado en la Mutua Nuestra Señora del Carmen de Granollers dentro del ciclo de conferencias de CEDAP y en APERTURA. ESTUDIO E INVESTIGACIÓN EN PSICOANÁLISIS de Barcelona, dentro del ciclo de Sesiones Clínicas de la Institución. Ambas presentaciones fueron dadas conjuntamente con CARLA JORGE (adolescente) que presentó el punto de vista de la adolescencia.

Carlos H. Jorge