El hombre que quería amar a las mujeres (la angustia)

Esta es la breve historia de un hombre relativamente joven, poeta y escritor, que se presenta con varios síntomas, pero coloca el énfasis fundamentalmente en su dificultad para amar a las mujeres y para ser amado y es ahí donde tiene colocada la fuente productora de angustia.

Existen ciertas particularidades que para él son importantes en esta dificultad, en un principio, y remiten a una cuestión de forma, para llamarlo de alguna manera. Cuando era niño tuvo una enfermedad grave lo que ha dejado su cuerpo bastante mal. Puede desplazarse con muletas pero con muchos problemas, es decir, vive de una manera angustiante su esquema corporal, lo que por otro lado sostiene como teoría, la explicación para sus dificultades de relación.

El haber padecido esta enfermedad, hace que en la infancia y también en la vida adulta, la madre tenga con él una relación de permanente cuidado y control. El padre permanece bastante al margen.

Amar es un riesgo que si es rechazado o no amado como él espera lo conduciría a un estado de sufrimiento insoportable. Necesita la garantía que será querido y cuidado por el otro, pero el otro, el semejante, no es el Otro pero él lo coloca en ese lugar y se siente gozado por él y durante un tiempo navega en esta confusión.

Llega con una sentencia materna: “Tú eres inteligente y creativo, utiliza tu cabeza y olvídate de tu cuerpo”. Es fiel a ésta porque la tiene identificada como algo que no tiene riesgo y lo lleva a ser exitoso en lo que hace, pero falta algo, según sus palabras, no es feliz.

Tiene que elegir entre el deseo y la armonía con el Otro y es ahí donde se congela.

Freud dice en El malestar en la cultura que “tal como nos ha sido impuesta la vida, nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes, los hay de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria, satisfacciones sustitutivas que la reducen, sustancias embriagadoras que nos tornan insensibles a ellas”.

Esto dicho en 1930 en “El malestar en la cultura”.

Hasta ese momento, la literatura le ha servido de satisfacción sustitutiva.

Tiene relaciones con prostitutas, lo que lo hace decir que “el cuerpo de las mujeres de la vida, es un cuerpo vacío, es nada, es aquello que puede o no puede llenarse”.

Después de un tiempo de análisis, relata en sesión una anécdota del Principito de Saint Exupery, que se le ocurre como asociación hablando de las mujeres.

El Principito se encuentra con el zorro y le explica que viene de otro planeta. El zorro le pregunta si hay cazadores y el Principito le contesta que no… ¿y gallinas? El principito responde que tampoco.

El zorro suspira y dice:

-Nada es perfecto-

Y si sólo hubiera gallinas, ¿qué le quedaría por hacer? ¿Qué pasaría con su deseo?

Aunque él no lo sepa, viene a análisis a poner un límite a su goce y a saber sobre su deseo. La pulsión de muerte lo empuja al malestar, a la patología de la angustia, a la indiferencia, al aburrimiento, a la depresión. Uno de los objetivos del trabajo es ponerle límites a todo esto.

El análisis busca que el paciente sufra menos porque el objetivo de la acción analítica no es sólo alcanzar los síntomas, sino producir un cambio subjetivo.

Él me pide, de alguna manera, la felicidad, que cree estaría dada por la ausencia de insatisfacción, sobre todo en el amor. Le cuesta soportar que hay un grado de insatisfacción inherente al hecho de estar vivo, donde la falta no puede ser tapada con nada, donde el deseo debe advenir como deseo de deseo, donde nada lo satisfará plenamente y para siempre.

Comienza una relación y en un momento dado la mujer le dice que es como si él, estuviera haciendo el amor con su madre.

Al comienzo, una de las primeras asociaciones es “tengo miedo de matar al hijo”.

Dice: “la mujer es un pantano, agua estancada no se qué suelo voy a pisar, hace que siempre tenga una posición de debilidad con ellas”.

Intervengo diciendo: Su madre sólo lo quiere para sí ¿no?

Silencio.

“Mi madre es una puta”

Y entre sollozos me grita:

“¡Hijo de puta!”

Mas o menos a partir de ahí, hay un movimiento que hace que cambie su posición ante las mujeres y comienza a aparecer la figura del padre.

Dice: “El psicoanálisis me ha salvado la vida”

Al poco tiempo aparece la publicación de otro libro, donde hay un pequeño relato que lo voy a transcribir y tiene esta dedicatoria.

Para Carlos Jorge con quién busco la casa del padre.

Dice así:

El sol apuntaba cuando el cazador solitario se adentró en el bosque familiar y plácido, donde cada árbol y cada matorral parecían reconocerlo. Iba preparado para una cacería en toda regla. En el fondo del macuto, sin embargo, se enrollaba el hurón inquieto. Los perros –músculo tirante y hocico a los aires- latían y acometían.

El cazador llegó cerca de la maleza, miró a levante y a poniente, sacó el hurón y abriéndose el pecho lo introdujo en la guarida donde latían las vísceras. La bestia se adentró rebuscando ansiosa la presa. Creía el cazador que así saldría el conejo más deprisa, pero se equivocaba. El hurón se aferra por el contrario a los nervios más íntimos y el cazador abriéndose nuevamente el pecho introdujo su mano dentro que retiró con la bestia ensangrentada. La lanza lejos y la abandona a su suerte. El cazador se construyó una cabaña con madera frágil y dura, se curó con hierbas mágicas y olorosas.

Cuando volvió a la casa del padre, colgó la escopeta y desde entonces la utiliza con mucha precaución.

En una sesión posterior piensa un epitafio: “En contra dirección de todos y de sí mismo, pero no deja de remar”.

Un día lo espero a su hora, no aparece ni llama, cosa que me sorprende. Salgo de la consulta, voy a comprar el periódico y leo en primera plana la noticia de su muerte por un paro respiratorio.

Algunas de las vicisitudes de este oficio es que cuando sucede una cosa así, deja un agujero, no en el lugar que ocupa el analista, sino en la persona del analista porque el psicoanálisis puede ayudar a vivir mejor, a saber qué hacer con el sufrimiento, pero no tiene alternativas ante la muerte.

Pregunta:

¿Cómo se las ha arreglado en este caso en que el trauma psíquico se sobreimprime al trauma real del cuerpo?

En principio diría que no importa lo que veo sino lo que escucho, pero hay tres momentos en la sesión, cuando lo voy a buscar a la sala de espera y cuando sale, es ahí donde lo real del cuerpo adquiere una importancia que me mantiene alerta (en una sesión resbala con las muleta y se cae de espalda), luego en el diván el cuerpo desaparece y sólo queda la palabra y es en ella donde se despliega lo realmente importante y es en ella donde lo escucho.

Carlos H. Jorge