La sexualidad masculina

¿Que buscan los hombres en las mujeres?

Este es un tema que queda un poco relegado o entre bastidores de lo realmente complejo que es la sexualidad femenina. La pregunta de ¿Qué quiere una mujer? Creo que aún no tiene respuesta, pero la de hoy es: ¿Qué quiere un hombre?

La palabra sexualidad en psicoanálisis es compleja, por lo tanto haremos una indicación y luego intentaremos tomarla en el sentido corriente para evitar confusiones.

A finales del siglo XIX en el mundo médico y científico tiene consenso la concepción naturalista de un instinto genital que despierta en la pubertad y tiene una finalidad biológica: la reproducción.

Los comportamientos sexuales, la actividad sexual consciente, lo que comúnmente se llama sexualidad, son aprehendidos con relación a esta concepción.

La normalidad sexual es entonces definida por la sexualidad genital del adulto, y ésta remite a la realización del acto sexual con fines de reproducción. En consecuencia se designan como desviaciones y aberraciones psicosexuales los comportamientos sexuales que se salen de este marco. La búsqueda del placer sexual, o su imposibilidad en el acto sexual, como algunas formas de impotencia se consideran conductas anormales o amorales. Se piensa que constituyen signos de degeneración, de depravación moral o de extravagancias de la naturaleza.

Can la aparición de Freud y del psicoanálisis a principios del siglo XX, la palabra sexual remite a un conjunto de actividades sin relación con los órganos genitales.

Lo sexual y lo genital no tienen que confundirse. La meta originaria de la sexualidad es una meta de goce y aquello a lo que tiende el goce no tiene nada que ver con la copulación en su finalidad de reproducción.

Retomemos la palabra sexualidad en el sentido corriente, esto quiere decir, en su vertiente genital. Existe una constitución anatómica diferenciada y más compleja en la mujer que descubre tempranamente el clítoris como zona erógena y la vagina recién en la pubertad, a diferencia del hombre donde el placer esta desde un primer momento ubicado en el pene.

En cuanto a la sexualidad masculina, es cierto que este aparatito, en el imaginario popular masculino ocupa un lugar privilegiado y el hombre o algunos hombres, hacen pasar la potencia de su vida por él, o la desgracia de su vida en su desfallecimiento.

La mitología masculina ha hecho un misterio de la frigidez y de toda la sexualidad femenina, como si se tratara de un todo extraño y prohibido al hombre. Nos encontramos que la mujer guarda lo que hace feliz al hombre y el hombre posee lo que le falta a la mujer y ella estaría perdida si no reconoce lo que él le aporta. Digamos que la falocracia se origina en la imaginación, y algunos hombres necesitan sostenerse en ello. Una anécdota dice que un reconocido play-boy apostó que haría gozar a una hermosa dama con reputación de frígida. La sedujo e hizo el amor utilizando un preservativo, después de media hora de trabajo le preguntó: “¿No sientes nada? No- le contesta ella. Redobla sus esfuerzos, su técnica, recurre a todo su saber sobre las artes amatorias y al cabo de dos horas pregunta: ¿No sientes nada todavía?

-Sí -respondió ella.

-¿Siii? -dice él, con tono triunfador.

-Sí, la goma destrozada- concluye la dama.

Esta anécdota, cierta o no, poco importa, lo que metaforiza o ilustra es una de las preocupaciones “secretas” de los hombres, es que si una mujer no siente nada, toda la importancia con que se ha revestido a ese importante órgano es un engaño. Y el hombre soporta mal saber que la mujer puede llegar al orgasmo por otros medios.

El mito masculino se sostiene en lo siguiente: el pene es el verdadero órgano de placer de la mujer, y el papel femenino con relación al placer es puramente pasivo. Y como todo mito es una mentira.

En esta relación cuantitativa respecto al órgano masculino, aparecen todas las fantasías imaginables respecto al tamaño, forma, configuración, aspecto etc.

Entonces, ¿esto es lo que un hombre busca en una mujer? No.

El hombre busca en la mujer el sentido de la vida. Busca el amor y el placer, el afecto y el deseo. El problema es que esta dupla suele, en algunos casos, no durar mucho tiempo, me explico.

Cuando se produce el encuentro entre un hombre y una mujer, en sus comienzos, no suele ser muy diferente, aunque las particularidades de la seducción no son las mismas.

En general, el hombre busca, la mujer seduce, y el hombre, equivocadamente, se cree el autor de la conquista. Cuando se gustan, pueden encontrarse en un desconocimiento total o relativo de la situación de cada uno y esta imprecisión les abre un abanico de posibilidades eróticas. Cada uno va a hablar de su vida, de las cosas que le interesan, de sus gustos culturales, deportivos, literarios, cinematográficos(los hombres suelen inflar un poco el globo, porque buscan la admiración. Si esquían y lo hacen a duras penas por pistas verdes y azules, hablarán de las dificultades y virtudes de las pistas negras de tal o cual estación). El buscar la admiración, o mejor dicho el aparecer o colocarse en un lugar sobrevalorado, consciente o no de ello, es por otra parte uno de los elementos desencadenantes del amor, que siempre es asimétrico, uno busca en el otro lo que cree que no posee y el otro se lo dará, sea lo que sea.

El hombre intenta colocarse en un lugar diferenciado del resto, una diferenciación que puede tener mil variantes, dependiendo del hombre, de la edad, de los intereses y sobre todo de la mujer que pretenda enamorar. Puede aparecer: muy valiente, muy romántico, muy duro, muy melancólico, muy indiferente, muy deportista, muy anti deportista, muy lo que sea o muy lo que no sea. En la exageración de ese muy, hay veces que solemos dar una imagen un poco patética.

Hay una anécdota que cuenta Lacan (psicoanalista francés) y es el de una cotorra que estaba enamorada de Picasso. ¿En qué se notaba? En la manera como le mordisqueaba el cuello de la camisa y las solapas de la chaqueta. La cotorra estaba enamorada de lo que es esencial al hombre, su atuendo.

El problema comienza cuando el traje desaparece y quedan los cuerpos.

Entre todo este despliegue por ambos lados habrá elementos que faciliten el erotismo y otros que lo inhiban. No serán establecidos de una vez y para siempre, pueden cambiar y esta variación producirá modificaciones en el deseo sexual. Supongamos que la pareja se constituye, esto quiere decir que deciden compartir la vida juntos, después de un tiempo, difícil de evaluar cronológicamente, porque no creo que la cantidad de años determine la extinción o no del deseo, comienzan a aparecer ¡EN GENERAL! Algunos conflictos que suelen ser achacados a la fuerza de la costumbre, a lo cotidiano, al conocimiento excesivo (grave error, nunca se conoce demasiado a nadie) y a lo doméstico. Comienza a instalarse una falta de interés sexual, una ausencia de detalles eróticos que para el hombre y la mujer tienen distinta significación. La maternidad puede producir una extinción parcial del deseo en la mujer y como efecto también en el hombre. Lo que llamamos lo doméstico, no es la rutina lo que deserotiza al hombre, sino que la mujer va ocupando peligrosamente lugares demasiado familiares, demasiado maternos, que por otro lado el hombre busca y favorece. Quiere sentirse cuidado, mimado, incluso compite en determinadas circunstancias afectivas con los hijos de los cuales siente celos. Pero aquí es cuando no soporta la unión del afecto y el deseo, entonces es cuando uno escucha: “La quiero pero no la deseo”. Es en este momento cuando aparece la distinta estructuración del deseo sexual entre el hombre y la mujer. La mujer fantasea con un hombre que la ame, incluido o no el deseo sexual. El hombre fantasea con una mujer que lo desee, y fantasea con el deseo hacia una mujer. El deseo puede aparecer en estado “puro”, sólo investido de su aspecto sexual. Se puede sentir atraído por una mujer, sólo desearla, y tener relaciones donde los sentimientos amorosos quedan fuera. (Ejem. Los prostíbulos). O tener relaciones que comienzan atadas por una pasión desbordante, que en algunos casos es confundida con el amor y su durabilidad es efímera, en otros, esta misma pasión puramente sexual se anuda con el amor.

Es cierto que el hombre se siente atraído por distintos aspectos físicos de una mujer, cada uno en su particularidad, no hay modelos. Pueden erotizar los ojos, la boca los senos o el pié.

Y es cierto que necesita ver a la mujer como un objeto (objeto en psicoanálisis es aquello a lo que el sujeto apunta en el amor, y en el deseo), pero no como objeto mesa, silla, o cualquier otro objeto inanimado, de lo que se lo acusa, sino como objeto de deseo, con el amor o no, pero si esto no funciona a la hora de la relación sexual, el hombre tampoco.

Hablando de objeto, es curioso como en general se dice que los hombres “sólo buscan eso” y no le interesa otra cosa, lo que sería una queja femenina. Cuando escuchamos en la clínica el discurso de los hombres, es bastante distinto a lo que las mujeres creen. Un paciente me decía: “La mujer para el hombre es un fin. El hombre para la mujer es un medio”

¿Un medio para qué?- pregunto.

“Para sentirse protegida, para tener un hijo, o una tarjeta de crédito”.

Está también en el imaginario popular la creencia y muchas veces la certeza que a la mujer siempre le duele la cabeza a la hora de hacer el amor, hay hombres que si no logran hacer funcionar el deseo en el sentido del objeto, incluso ayudados por la fantasía, también les duele la cabeza a la misma hora.

¿Qué busca el hombre en la mujer?

Repito: el amor, esto es el afecto y el deseo sexual, otras veces sólo el deseo sexual que puede terminar en amor o no. Tanto el amor como el deseo suelen permanecer, suelen extinguirse conjuntamente o permanecer por separado. De una manera u otra nunca es gratuito y la pareja tiene que trabajar para lograr que permanezca, si esto no es posible sucede lo que todos sabemos: pareja que se rompen, o permanecen juntas pero cada uno ama y desea por su lado y muchas otras variantes posibles. Nunca es fácil, pero es bonito mientras dura.

Carlos H. Jorge